Los zoólogos – por Fred Hoyle

Zoomen, © 1967 by Mercury Press Inc. Traducido por P. Giralt e I. Roger en Ciencia Ficción Selección 7, Libro Amigo 235, Editorial Bruguera S.A., primera edición en Mayo de 1973.

En los relatos de ciencia ficción escritos por científicos se observa a menudo cierto esquematismo en la caracterización de los personajes y en los análisis psicológicos. Afortunadamente, este no es, en absoluto, el caso de Fred Hoyle, astrofísico de renombre internacional, tan conocido por sus actividades científicas como por sus brillantes narraciones, de las que Zoomen es un buen ejemplo.

El tema de la captura de especímenes humanos por una raza extraterrestre no es ninguna novedad en la ciencia ficción; pero pocas veces ha sido tratado con tanta sencillez y sensibilidad como en el presente relato.

En la segunda quincena de julio logré marcharme de vacaciones por un par de semanas; quería «seguir los pasos de Munro» en la región montañosa de Escocia. Como en verano es difícil encontrar alojamiento en un hotel de los Highlands, y en especial para una persona sola, alquilé un coche provisto de roulotte. El primer día llegué a la frontera escocesa, al sur de Jedburgh. Era un atardecer espléndido y pensé que no me convenía pasar todo el día siguiente en la carretera si el tiempo continuaba siendo tan bueno. Lo mejor era ponerse en marcha en cuanto amaneciera. A las diez podría cruzar los Lowlands; ello me permitiría alcanzar uno de los picos meridionales de la cordillera Ben Lawers por la tarde.

Puse en práctica este plan y llegué a Killin poco después de las diez; encontré un camping; en el pueblo compré carne y otras provisiones, y salí en dirección a Glenlyon, con el fin de escalar el Meall Ghaordie. La tarde era hermosa y despejada. Dejé el coche lo más cerca posible de la montaña que había decidido escalar y emprendí el camino por la pantanosa ladera, después inicié el ascenso con lentitud, en parte porque era mi primer día en las montanas y también porque el sol calentaba mucho. Recuerdo la cantidad de flores multicolores que hollaban mis pies. Tardé unas dos horas en llegar a la cumbre, pero una vez allí, me senté y saboreé con fruición un par de manzanas. Después me tendí sobre la hierba del suelo y usé mi mochila como almohada. El madrugón y el calor me infundieron un sueño invencible y creo que no tardé ni un minuto en quedarme dormido.

Lo había hecho ya en la cumbre de una montaña en numerosas ocasiones. Al despertar, se sufre invariablemente un ligero sobresalto, motivado sin duda por la costumbre cotidiana de levantarse entre cuatro paredes. Siempre transcurren unos momentos durante los cuales uno se pregunta dónde está. También fue así en aquella ocasión, pero el sobresalto tuvo mayores proporciones. En el primer momento me imaginé que estaba en un dormitorio normal, después recordé que en realidad me encontraba en la cumbre de una montaña, pero una vez tomé conciencia de mi emplazamiento, comprendí que no era en absoluto el lugar donde debía estar; aquello no era la cumbre del Meall Ghaordie.

Me hallaba en el interior de una gran caja rectangular. Me puse en pie y empecé a inspeccionarla, aunque tal vez resulte absurdo decir que una habitación parecida a una caja requiera una inspección, sobre todo teniendo en cuenta que estaba totalmente vacía. Pero tenía dos características muy extrañas. La luz era artificial, porque la caja estaba cerrada y era completamente opaca; sólo había una abertura en una de las paredes que conducía a un pasillo. La distribución de la luz también era extraña; se me hacia imposible determinar de dónde procedía, ya que no había bombillas ni lámparas, por lo que tuve la impresión de que la luz irradiaba de las mismas paredes, las cuales estaban compuestas de un material que a mis ojos inexpertos se antojó una especie de plástico. Pero, si realmente era así, ¿cómo podía despedir luz un material de esta clase?

La caja no era tan grande Como había pensado al principio. De hecho, sus dimensiones debían ser aproximadamente de nueve metros de anchura por quince de longitud y unos seis de altura; era la iluminación lo que daba a la estancia el aspecto de una catedral, un efecto que yo ya había observado en algunas cuevas.

La segunda peculiaridad era mi sentido del equilibrio. No es que me fuera difícil mantenerme en pie o algo por el estilo. Cuando se escala una montaña, las piernas adquieren pronto una gran sensibilidad para el equilibrio, y es probable que yo no hubiese notado ninguna diferencia de no haber practicado el alpinismo. Pero dicha diferencia existía, aunque de una forma casi imperceptible.

Mis exploraciones me condujeron hacia el pasillo, que continuaba durante un trecho muy corto, bifurcándose después. Me detuve para recordar la dirección de donde venía, pero encontré otras muchas curvas, hasta el punto que tuve la firme impresión de hallarme en un laberinto. Esto me produjo la normal sensación de pánico que uno tiene al saberse perdido. Entonces me dije a mí mismo que no podía «perderme», y, acto seguido, recobré la calma y seguí caminando al azar. El pasillo terminó por conducirme a la misma habitación en forma de caja, en el centro de la cual estaba mi mochila, sobre la que apoyé mi cabeza en la cumbre del Meall Ghaordie. Intenté salir repetidas veces, pero siempre acababa volviendo a la misma habitación. Aunque los pasillos parecían tener multitud de bifurcaciones, resultó que también esto era una ilusión, pues sólo había ocho caminos para recorrer todo el laberinto. Logré cronometrar el tiempo requerido para recorrer uno solo de los pasillos, y conté noventa segundos. Esto me demostró que, si bien no era un espacio reducido, tampoco era de gran tamaño; pero lo hablan diseñado para que pareciese grande.

Quise inspeccionarlo todo una vez más; en esta ocasión me alarmó oír unos pasos apresurados que corrían delante de mi. El corazón empezó a latirme con fuerza, el miedo no me abandonaba. Me acerqué a una esquina y por ella salió corriendo una joven de unos dieciocho años, vestida con una bata. Al verme allí, bloqueando su camino, prorrumpió en un grito ensordecedor, pero de pronto se echó violentamente en mis brazos.

–¿Dónde estamos? –sollozó–. ¿Dónde estamos?

Siguió repitiendo la pregunta mientras se cogía a mi con toda su fuerza. Yo, sin abusar en absoluto de que estuviera indefensa, la apreté contra mi; era lo natural, dadas las circunstancias. De pronto sentí un fuerte acceso de náusea, parecida al mareo que acomete en el mar. Algo hizo que nos separásemos el uno del otro: debió ser que la chica sintió el mismo mareo y fue víctima de un repentino ataque de vómito.

Nos miramos ambos, jadeantes. Yo me apoyé en la pared del pasillo porque las rodillas se me doblaban.

–¿Puedo saber quién es usted?
–Giselda Horne –contestó ella. Su acento era americano.
–Será mejor que se quite eso –dije, señalando su bata, que el vómito había ensuciado.
–Sí, es verdad. Cuando volví en mí estaba en una habitación que da a este pasillo.

La chica me condujo hasta una caja que, efectivamente, daba a aquel mismo pasillo y que me pareció cuadrada. Yo tenía la seguridad de haber pasado muchas veces por aquel sitio, pero en ninguna de ellas había visto una abertura. Giselda Horne entró en la estancia tambaleándose y emitiendo débiles gemidos. Yo la seguí, pero pronto me detuve, porque, tan pronto como entré me acometió un nuevo acceso de náusea. Retrocedí hasta el pasillo; entonces vi que un tabique se deslizaba, cerrando la caja. El mareo me dejó exhausto, pero grité, no obstante, llamando a la chica, y golpeé la pared con los nudillos. Ignoro si me contestó; en cualquier caso ya no podía oír nada.

Traté de vencer el mareo recorriendo el sistema de pasillos, pero no lo logré. Seguía sintiéndome muy enfermo. Al cabo de un buen rato, porque debí recorrer el laberinto muchas veces antes de encontrarla, llegué a una caja cuadrada, exactamente igual a la de Giselda Horne, y entré en ella con una sensación de temor. Entonces sucedió que un tabique se cerró a mis espaldas, al tiempo que desaparecía el mareo.

Esta caja era un cubo de unos tres metros y medio en el que sólo se distinguía una pesada puerta de metal en una de las paredes. La puerta se abrió lentamente bajo una presión moderada. Dentro había un hueco del tamaño de un horno, que contenía una bandeja llena de una substancia tal vez comestible. Antes de que pudiera examinarla, la náusea volvió a acometerme, y esta vez me pareció que yo también vomitaría. El tabique se abrió oportunamente y salí tambaleándome al pasillo, pensando, con incoherencia, que tenía que encontrar el lavabo antes de vomitar. Pero una vez fuera de la caja, la náusea desapareció casi por completo y a los pocos minutos me encontraba perfectamente. Después la sentí de nuevo; el tabique se abrió, como invitándome a entrar en la habitación y, una vez en su interior, el mareo volvió a desaparecer. Este proceso se repitió tres veces más, dentro y fuera de la caja. Mucho antes de que terminase la lección, ya conocía exactamente su significado: mis entradas y salidas eran dictadas por ciertas órdenes. ¿De dónde provenían? No tenía la menor idea, pero la lección me sirvió de algo: mis temores se habían desvanecido. Era evidente que me hallaba bajo vigilancia, una vigilancia cuya finalidad me era imposible adivinar. Entonces, en lugar de asustarme, me tranquilicé y desde aquel momento no sólo aparenté serenidad, sino que recobré mi propio dominio.

Cuando pasó el mareo, me sentí muy hambriento. Si se exceptúa el frugal almuerzo en la ladera del Mean Ghaordie, no había comido desde las cinco de la madrugada en la frontera escocesa. Probé la substancia de la bandeja. Era parecida a un puré de verduras. Como no podía determinar su valor nutritivo, comí hasta haber saciado mi hambre.

Recobradas las fuerzas, observé que el pavimento era más blando en el lugar donde me encontraba en aquellos momentos que en el pasillo o en la gran caja rectangular y que no debía ser muy incómodo para dormir. Era más duro que una cama normal, pero después de dos o tres días resultaría bastante aceptable. ¿Y el retrete? En la caja no había nada que pudiera hacer sus veces. ¿Qué haría si el tabique estaba cerrado en un momento de necesidad acuciante? Decidí poner la cuestión a prueba y adopté una posición que indicase mi propósito de utilizar el suelo para mis fines. No tuve que esperar mucho. Volvió la náusea, el tabique se abrió y, un minuto después, apareció la entrada de otra caja en el pasillo. Al penetrar en ella descubrí dos compartimentos, uno grande y otro pequeño; éste era evidentemente el retrete, pues tenia en el suelo un agujero de unos treinta centímetros de diámetro. Lo utilicé como pude, preguntándome dónde encontraría algún substituto del papel higiénico. Mis dudas sobre tan embarazosa cuestión se vieron interrumpidas por un verdadero diluvio que descendió del techo sobre mi cabeza. De un salto me trasladé al compartimiento grande. Allí el chaparrón era menos intenso, pero así y todo, a los pocos segundos me encontraba totalmente empapado. La ducha se cerró, y entonces empecé a despojarme de la ropa. Cuando ya estaba casi desnudo, el agua volvió a caer. Por lo visto se ponía en marcha a intervalos regulares, como en los urinarios. El chaparrón sobre la piel desnuda me resultó muy agradable, porque había sudado copiosamente durante el ascenso a la cumbre de la montaña. El líquido que descendía sobre mi cabeza era agua, pero contenía algún elemento jabonoso. Disfruté de seis duchas consecutivas, que aproveché para lavarme la ropa lo mejor que pude. Después volví a mi caja con mi chorreante indumentaria. Como tardaría varías horas en secarse, especialmente las prendas gruesas, como los pantalones, intenté echar un sueñecito. Mientras me adormecía, pensé en las cosas que podrían hacerme falta en esta situación tan singular. Carecía de máquina de afeitar, pero no tenia inconveniente en dejarme crecer la barba. Por suerte, en mi mochila llevaba siempre unas tijeras pequeñas. Por lo menos, podría comer, atender a mi limpieza personal y cortarme las uñas.

Dormí mucho más de lo normal, casi diez horas. Al despertarme, observé que la puerta de la caja, o de la celda, si lo prefieren, estaba abierta. Antes de volver a recorrer los pasillos o de beneficiarme del retrete y sus notables propiedades de humectación, abrí la puerta del horno. Encontré otra bandeja, repleta del mismo puré de verduras.

Mi ropa estaba completamente seca, lo cual denotaba que el porcentaje de humedad era muy bajo, como ya había supuesto. Me dirigí a las duchas con sólo los calzoncillos, que se secarían en seguida en el caso de que se repitiera el proceso anterior. Afortunadamente, el tabique estaba abierto y así se mantuvo desde entonces, como tuve ocasión de comprobar. Esperé a que cayera el chaparrón y después me alejé de un salto, antes de que volviera a dispararse. Mi ropa de alpinista era muy resistente, pero tras aquel continuo lavado y secado, su aspecto era lamentable. Consideré innecesario ponerme las botas y me quedé descalzo, como un marinero después de un naufragio.

Enfilé el pasillo, sabiendo que más pronto o más tarde llegaría a la «catedral», calificativo que ya daba a la gran caja rectangular. Vi otra caja abierta, muy diferente de la mía y acaso también de la de Giselda Horne. Estaba a punto de entrar en ella cuando oí que una voz a mis espaldas decía con acento extranjero:

–¡Hola!

Di media vuelta y vi a un hindú que me pareció de mediana edad. Me miró con extraña fijeza durante unos treinta segundos. Después se apoyó en la pared. Sorprendido, le oí proseguir:

–No se trata del mareo. Me he asombrado al verle, señor, porque el año pasado asistí a una conferencia que dio en Bombay. Es usted el profesor Wycombe, ¿verdad?
–Es cierto que pronuncié una conferencia, en Bombay. ¿Estaba usted entre el auditorio?
–Si, pero no puede acordarse de mí; había mucha gente. Me llamo Daghri, señor.

Nos estrechamos las manos.

–¿Ha estado ya en la sala grande, señor?
–Si, muchas veces.
–¿Recientemente, señor?
–Ayer. Es decir, antes de quedarme dormido. Hará unas diez horas.
–Entonces advertirá usted un cambio.

Daghri y yo recorrimos apresuradamente los pasillos hasta que dimos con la catedral. Ahora centelleaban en las paredes innumerables puntos de luz, evidentemente estrellas. Su proyección sobre las superficies planas presentaba las naturales distorsiones, pero, en realidad, nos hallábamos ante una representación completa de la bóveda celeste.

–¿Qué significa esto, señor? –murmuró el hindú.

De momento, no intenté siquiera responder a tan critica pregunta. Interrogué a Daghri sobre las circunstancias de su llegada a aquel lugar. Me dijo que recordaba estar dando un paseo vespertino por el campo, en la India, su país natal, cuando de repente, con la rapidez del relámpago, se había encontrado en la habitación con aspecto de catedral. Fue como si hubiera llegado a una curva del camino y, unos pasos más allá, el campo hubiese desaparecido. Se encontró en el centro de esta habitación, más o menos en el punto exacto donde yo me había despertado.

Partiendo de la base de que tanto Daghri como yo estábamos cuerdos, sólo podía haber una explicación.

–Daghri, creo que nos hallamos en una enorme nave espacial. Esto que vemos en las paredes es la vista que se disfruta desde la nave. Podemos contemplar el espacio tal como lo ve el piloto.
–Mi única dificultad en aceptar este hecho, señor, es que no puedo encontrar el sol.

Yo señalé el rayo luminoso que entraba desde el pasillo.

–Creo que eso es lo que busca.
–¿Existe algún medio de cerciorarse de ello, señor?
–Es muy fácil. No tenemos más que sentarnos y esperar. El movimiento de la nave, si realmente estamos en una, producirá cambios en los objetos. Lo único que hemos de hacer es fijarnos en las cosas más brillantes.

Al cabo de media hora ya estábamos orientados; mirando en la dirección apropiada, era fácil distinguir la coordenada Tierra-Luna y el aparente movimiento de la primera. Una hora después reconocimos Venus y Marte.

Ya iba comprendiendo la dirección que llevábamos en nuestro viaje: nos dirigíamos hacia la constelación de Escorpión. También pudimos calcular la velocidad de la nave, que sobrepasaba las dos mil millas por hora.

Suponiendo que la nave aceleraba gradualmente, y guiándome por mi reloj, pude calcular incluso la aceleración.

Era casi la gravedad normal, sólo algo mayor, lo cual podía explicar la diferencia que yo había notado en las piernas desde el principio.

Mientras contemplábamos el espectáculo proyectado en las paredes de la catedral, los demás fueron llegando paulatinamente, uno tras otro, en un intervalo de unas cinco horas. El primero en aparecer fue un hombre de cabellos rubios y hombros estrechos. Se presentó como Bill Bailey, un carnicero de Rotherham, Yorkshire; quería saber dónde diablos estaba, si le darían huevos con tocino y quién era la chica medio desnuda que había visto en aquellas malditas duchas; no es que tuviera nada que objetar contra esto último: cuanto más desnuda fuera, mejor para él. Fue un discurso bastante coherente para un hombre que estaba tan asustado. Pese a que nunca simpaticé mucho con Bill Bailey, su interminable y procaz cháchara sirvió en los meses que siguieron para distraernos de la gravedad dé nuestra situación, por lo menos en lo que a mi concierne.

Entraron otros dos hombres y cuatro mujeres, nueve prisioneros en total. De entre los nueve, solamente dos se habían conocido antes, Giselda Horne y Ernst Schmidt, un industrial alemán. Este y el padre de la chica se dedicaban al mismo negocio, las conservas de carne.

Schmidt había visitado en ciertas ocasiones a la familia Horne en Chicago. El y Giselda se estaban bañando en la piscina de la casa cuando se produjo el «secuestro», como yo me complacía en llamarlo. Schmidt se encontró de repente en el centro de la catedral, con el traje de baño como única vestimenta. Giselda se sorprendió a sí misma en una de las cajas, envuelta en su bata.

A él le fastidiaba mucho encontrarse en traje de baño, pues era evidente que en aquel lugar no tendría oportunidad de conseguir una ropa adecuada. Puesto que no se nos permitía el mutuo contacto y que la temperatura de la nave era de veintiún grados, no existía, en realidad, un motivo lógico para usar vestidos. Sin embargo, yo comprendía el punto de vista de Schmidt. Le di el «anorak» de mi mochila, y, aunque la prenda junto con el traje de baño resultaba ridícula, se la puso muy satisfecho.

Jim McClay era un australiano alto y fornido, de unos treinta y cinco años, que se dedicaba a la cría de ovejas. Su secuestro tuvo lugar cuando recorría su granja al volante de un «Land Rover». También él se encontró de repente en el centro de la catedral. Como era de esperar, aquella experiencia le restó algo de su ecuanimidad habitual. Pero ya recobraría pronto la confianza en sí mismo; lo comprendí en cuanto observé su modo de mirar a Giselda Horne. La chica era una pareja ideal para el australiano: también ella era alta y de contextura fuerte.

Bill Bailey saludó a las cuatro mujeres, haciendo gala de su campechana verbosidad y se dirigió a Giselda Horne, que ya se había lavado la bata, sin rodeos:

–Quítatela, cariño, y ven aquí a refrescarte.

No hizo muchos progresos con Hattie Foulds, la esposa de un granjero del norte de Lancashire, a la que saludó diciendo:

–Entra, cariño, entra y siéntate a mi lado; verás qué bien te arrullo.
–¿Quién es este repugnante globo hinchado? –replicó al momento ella.

Sin embargo, desde el principio tuvimos la certeza de que Hattie Foulds y Bill Bailey estaban hechos el uno para el otro. Durante los días y semanas siguientes hicieron todos los esfuerzos imaginables para entrar en contacto físico, y pronto se convirtió en parte de nuestra existencia cotidiana el sonido de vómitos violentos procedentes de alguna de sus cajas. Las otras mujeres simulaban sentir repugnancia, pero yo sospecho que sus vidas hubieran sido muy aburridas allí sin estos incidentes sexo–gastronómicos. Bailey no cesaba de mencionar el tema.

–No puedes abrazarte sin que te entre el mareo –decía–, pero no hay más remedio que seguir intentándolo. Roma no se construyó en un día.

Las otras dos mujeres eran mucho más interesantes para mi. Una era inglesa, y yo recordaba haber visto su cara. Cuando le pregunté cómo se llamaba, contestó únicamente con su nombre de pila, Leonora Mary, pero dijo que la llamáramos como quisiéramos. El primer día apareció luciendo un abrigo de visón que le llegaba hasta los pies. Era más bien alta, esbelta, morena y, tenía la nariz y los labios muy hermosos. Bailey le dedicó un largo silbido y una frase:

–¿Te ha probado la ducha, muñeca?

Es decir, que era ella a quien Bailey había visto.

Seguramente la ducha la sorprendió del mismo modo que a mí. A falta de ropa seca, se cubría con el abrigo de visón.

La otra mujer era china. Llevaba un sencillo traje. Nos miró en silencio a todos, con expresión impasible. Su mirada imperiosa provocó a Bailey, que la interpeló así:

–¡Eh, mirad quién ha entrado! ¿Te han hecho ya el amor, preciosa?

Querían saber cosas de las estrellas, de los cálculos que habíamos hecho Daghri y yo sobre nuestro posible destino y muchos detalles más. A medida que pasaban los días, los planetas desfilaban lentamente por las paredes. Vimos desdibujarse los interiores, mientras Júpiter apenas se movía. Pero, después de tres semanas, incluso Júpiter se fue desvaneciendo. La nave estaba abandonando el sistema solar.

Todos sabían algo de estas cosas. Resultaba curioso el gran interés que se despertó en aquellas personas, aparentemente ignorantes, en cuanto comprendieron hasta qué punto su destino dependía de estas cuestiones astronómicas. Durante toda su vida, los planetas habían sido algo remoto e incomprensible. Ahora, de improviso, eran más reales para todos que un saco de patatas y eso que no esperábamos volver a ver una patata, aunque en esto nos equivocábamos.

Pero no tenían idea de la relatividad del tiempo demostrada por Einstein. Eran incapaces de comprender que en pocos años podíamos llegar a las estrellas más distantes. Así pues, tuve que limitarme a decirles que lo aceptaran como un hecho; pero todos querían saber hacia dónde nos dirigíamos. ¡Como si yo pudiera contestar a esta pregunta! Lo único que podía decir era que habíamos sido raptados por una expedición de caza, similar a las que organizábamos nosotros para proveer de animales a los zoológicos. Todo parecía concordar con esta suposición: las cajas para dormir, el alimento a un horario fijo, los obstáculos para el apareamiento, los pasmos y la catedral para ejercitar los músculos…

Mis conversaciones más largas eran con Daghri y con la aristocrática Mary. Ella y yo descubrimos que, si nos manteníamos a un metro de distancia el uno del otro, podíamos ir juntos a cualquier parte y a cualquier hora sin sufrir las molestias que afligían constantemente a Bill Bailey y Hattie Foulds. Desde el principio, a Mary le preocupó el hecho de que estuviéramos encerrados tan herméticamente. Decía que los animales de un zoológico podían por lo menos «ver» a quienes les habían capturado, respirar el mismo aire y mirarse los unos a los otros a través de los barrotes de la jaula. Yo contesté que no era éste el caso de las serpientes o de los peces del acuario. Nosotros los podíamos ver, pero no era probable que ellos nos vieran a nosotros. Solamente los pájaros y los mamíferos podían ver el mundo exterior como éste los veía a ellos.

–Pero las serpientes son peligrosas.
–Puede que nosotros también lo seamos. No a causa de un veneno precisamente, si no por los microbios. Este lugar puede significar un verdadero infierno para quienes nos han traído hasta aquí.

Me preocupaba mucho Ling, la joven china, porque además del problema que para todos representaba aquella situación, a ella se le añadía el del lenguaje. Pero la verdad es que no parecía muy interesada en cooperar. Pedí a Mary que hiciera lo posible por romper el hielo, y ella me contestó que Ling podía leer el inglés, pero que aún no lo hablaba. A medida que pasaron los días, logramos suavizar un poco a la muchacha. La dificultad estribaba en que Ling había sido un personaje político en su país, alguien verdaderamente importante, no por su nacimiento, sino gracias a su voluntad y sus cualidades. Daba órdenes y exigía obediencia de cuantos la rodeaban. Su glacial actitud hacia nosotros era su modo de expresar el desprecio que sentía por el degenerado Occidente.

Nuestras ropas, aunque limpias por las duchas, se iban deformando y deteriorando cada vez más. Nos vestíamos con la máxima exigüidad permitida por la modestia, una virtud de la cual cada uno de nosotros tenía un concepto particular. Un día, Bill Bailey entró en calzoncillos en la catedral, se tiró al suelo y exclamó:

–¡Vaya una puta! Es una puta hecha y derecha. Organizaba peleas de gallos en su granja, ilegalmente, claro, y se entregaba a media docena de hombres después de cada pelea. Dice que esto la entonaba, la mantenía en forma. Esto es lo que necesitamos aquí profesor, una maldita y verdadera pelea de gallos.

Ling, que se hallaba cerca de nosotros, miró a Bailey.

–Este hombre debería ser azotado, concienzuda y prolongadamente. En mi ciudad le azotarían en público como un ejemplo para el pueblo.

El tono de la chica era imperioso, aunque habló en voz baja. Debido a esto y también a su acento exótico y a su elección de las palabras (que no he tratado de imitar), los otros, y en especial Bailey, no entendieron lo que había dicho. En mi opinión, la actitud de la joven requería una reprimenda. La tomé firmemente del brazo y la conduje por los pasillos hasta que llegamos a la primera celda abierta. Por extraño que parezca, este acto no provocó el mareo en ninguno de los dos.

–Escucha, Ling, ahora ya no estás en China, sino en un lugar en el que todos somos «prisioneros». Si no hay acuerdo entre nosotros, estamos perdidos. Nuestra única fuerza reside en ayudarnos mutuamente, y si esto significa soportar a un hombre como Bailey, no hay más remedio que hacerlo.

Incluso a mis oídos, estas palabras sonaron huecas y poco convincentes, como sucede siempre con la moderación y la lógica; nada resultará tan persuasivo como las arengas de un fanático. Ling no pareció inmutarse. Me miró con frialdad, de arriba abajo, y dijo:

–Llegará un momento en que será una lástima que usted no sea diez años más joven.

Yo consideré aquellas palabras como un cumplido hasta que Ling añadió:

–Elegiré al australiano.
–Creo que encontrarás un obstáculo en la chica americana.

Ling se rió; por lo menos, yo lo tomé por risa. Observé que sus ojos eran de un verde intenso y los dientes de un blanco deslumbrante. Seguramente debía enjuagarse con el agua jabonosa de las duchas, que aunque sabía muy mal, limpiaba los dientes de los restos del puré, que continuaba siendo nuestro único medio de subsistencia.

Me di por vencido. Había algo positivo en la actitud de Ling, y era que su ideología representaba un último punto de contacto con la Tierra. Tal vez fuera su sistema para mantenerse cuerda, pero yo me sentía incapaz de comprenderlo. Había una cosa que me impresionaba mucho: su aspecto invariablemente pulcro, pese a llevar siempre el mismo vestido.

Nuestro alimento era insuficiente, pues, a menos que nos sintiéramos muy hambrientos, no nos apetecía comer el insulso puré de verduras, que era gelatinoso y bastante líquido. Pero me sorprendió que no tuviéramos necesidad de beber, lo cual hubiera sido un inconveniente, ya que el único líquido de que disponíamos era el agua de la ducha. Supuse que nuestro organismo ya producía una suficiente cantidad de agua debido a la oxidación de la substancia de verduras. De vez en cuando experimentábamos el deseo intenso de masticar algo duro. Yo solía morder la cuerda de mi mochila durante una hora entera.

El efecto natural de la escasa alimentación fue que casi todos perdimos peso. Yo me libré de los cinco kilos que me sobraban, algo que nunca conseguí en la Tierra.

Ernst Schmidt perdió muchos más, tantos que acabó prescindiendo de mi «anorak». Ahora se paseaba con el traje de baño, cuya cintura anudaba fuertemente. Mantenerse en forma se convirtió en una manía del alemán. Corría por los pasillos según un plan sistemático: partiendo de la catedral para volver a ella diez veces consecutivas, y repetía el recorrido hasta quedar exhausto. Yo le acompañaba algunas veces, para ejercitar mis músculos; pero nunca conseguía ser tan constante como él. Un día, me hizo un comentario al respecto.

–Una curiosa diferencia de temperamento, profesor. Hacemos a menudo estas pequeñas carreras juntos, pero usted es incapaz de continuar.

Comprendo que no las necesita tanto como yo, pero, aunque así fuera, no podría mantener el ritmo, estoy casi seguro de ello.

–¿Temperamento personal?
–Es una pregunta interesante. Creo que es a la vez personal y nacional. Algo que desorienta mucho en política y también en los negocios; es la palabra con que se dibuja a su pueblo. Anglosajones, ¿verdad? ¿Qué es un anglosajón, profesor? ¿Una especie de alemán, tal vez?
–Siempre hemos sido considerados como primos hermanos. Tenemos, por ejemplo, la similitud de lenguaje.
–Esto es accidental, la imposición de un puñado de conquistadores. Fíjese en mi. Hablo inglés, pero con acento americano. ¿Soy por eso americano? Naturalmente que no. Hablo así porque los americanos han conquistado mi mundo particular, el mundo de los negocios.
–Continúe.
–Es una lástima que no tengamos espejos en este lugar. Si los tuviéramos, permítame que le diga cómo se vería usted: un hombre alto, de piel blanca, una gran barba rojiza y ojos azules. Vería a un celta, no a un alemán. Sus compatriotas son celtas, profesor, no alemanes, y ésta es la verdadera diferencia que existe entre nuestros dos temperamentos, el suyo y el mío.
–¿De manera que usted cree que la cosa se remonta a mucho tiempo atrás?
–A más de tres mil años, a los tiempos en que los alemanes les echamos a ustedes, los celtas, de Europa. Sí, nos comprendemos muy bien ambos pueblos, pero porque hemos luchado entre nosotros durante mucho tiempo, no por el hecho de que seamos iguales.

Schmidt debió leer en mi rostro la sorpresa causada por el giro de la conversación.

–¡Ah! ¿Se extraña usted de que le diga estas cosas? Es porque me interesan realmente, más que las conservas de carne. ¿A quién pueden interesarle las conservas?
–¿Y qué deduce usted de todo esto?
–Nosotros, los alemanes, podemos perseguir un objetivo inexorablemente, hasta alcanzarlo. Ustedes, los celtas, son incapaces de hacerlo. Adolecen de lo que se califica como carácter inconsistente, lo que en realidad fue causa de que los romanos les admirasen mucho en la antigüedad. Pero también a este punto débil se debe que perdieran ustedes casi toda Europa, amigo mío.
–Este carácter puede significar reserva; ya sabe, reserva de energías para los momentos de verdadera crisis.
–¡Ah! Usted se refiere a ganar la última batalla. Tal ha sido el resultado de las guerras del siglo actual, ¿verdad? Ustedes ganaron las últimas batallas, ganaron las guerras. Sin embargo, cada victoria les ha dejado más débiles que la anterior. Nosotros, los alemanes, hemos salido cada vez más fuertes, incluso de la derrota.
–¿A causa de su tenacidad?
–Correcto, profesor.
–¿Qué quiere usted insinuar, herr Schmidt? ¿Qué suceda lo que suceda, ustedes siempre saldrán ganando?
–Del grupo que ahora formamos aquí aparecerá un caudillo. Será un hombre inteligente. Esto significa que habrá de ser uno de nosotros dos. Los demás…, uno es un bufón y el otro un ignorante campesino. Todavía no es estoy seguro de quién será, si usted o yo.
–No sea usted necio, herr Schmidt. Se está contradiciendo a sí mismo.

Schmidt se rió. Después recobró la seriedad.

–En una situación normal, un alemán saldrá siempre vencedor, por la sencilla razón de que empleará todas sus energías para un propósito determinado. Pero en una situación anormal, ya no estoy tan seguro.

Menciono estos sucesos con algún detalle porque en ellos hay tres puntos que coinciden. Hattie Foulds y sus peleas de gallos, Ling y los azotes que le hubiera gustado administrar a Bill Bailey y, ahora, la referencia que Schmidt hacía sobre sí mismo como un fabricante de conservas de carne. Todo el conjunto tenía una cierta coherencia, exceptuando una nota discordante: Daghri. Mantuve una larga y seria conversación con el hindú. Rechazó todas mis sugerencias con tanto equilibrio y dignidad, que me vi obligado a creer en sus protestas de inocencia. Mi teoría tenía que estar equivocada. Esto me deprimió tanto, que Mary se dio cuenta y quiso saber de qué se trataba. Resolví contarle todo lo que bullía en mi mente.

–Cada uno de nosotros está simulando una actitud u ocultando algún problema –le dije.
–¿Cómo lo sabe? ¿Qué sabe de mi, por ejemplo?
–Usted está considerando el problema moral de si puede permitirse tener hijos durante su cautiverio.

Mary me miró fijamente y asintió.

–Desde el principio –proseguí–, mi problema ha sido comprender algo de la psicología de los seres que pilotan esta nave. Suelo imaginármelos como zoólogos. ¿Qué diablos están haciendo y con qué fin? Evidentemente, se dedican a capturar ejemplares de seres vivos tal vez de todos los puntos de la galaxia.
–¿Quiere decir con esto que puede haber animales de otros planetas en esta nave?
–Me parece lo más probable. Tras las paredes de esta catedral, tras las paredes de los pasillos, puede haber otras «viviendas», más celdas y pasillos habitados por otros ejemplares.
–¡Un zoológico! En toda la extensión de la palabra.
–Sí. Sin embargo, mi curiosidad por esas otras celdas y su contenido es menor que la que siento por el contenido humano de nuestra vivienda. Somos nueve personas, de las cuales, cuatro procedemos de las islas Británicas; una chica americana, otra china, un hombre hindú, otro alemán y otro australiano. ¿Qué clase de distribución es ésta? De los nueve, siete somos blancos. ¿Puede usted creer que los zoólogos interestelares tengan prejuicios raciales?
–Tal vez no fuera sencillo raptar a la gente y se contentaron con los primeros que encontraron.
–No, no es eso, pues nos recogieron de lugares tan distantes como Gran Bretaña, Estados Unidos, India, Australia y China. Sorprendieron a McClay, Daghri y a mí mismo en el campo; a usted en pleno tráfico de Londres, a Ling en una ciudad populosa, a Schmidt y a Giselda Borne en los suburbios de Chicago. No parece que la cuestión del rapto les haya ofrecido la menor dificultad.
–¿Tiene usted alguna idea de cómo lo hicieron?
–En absoluto, ninguna. Me lo imagino como recoger motas de polvo con un aspirador. Se limitaron a absorbernos con un tubo y borrarnos del mapa.
–Y aparecimos aquí.
–Algo por el estilo. Pero estábamos hablando del color de nuestra piel. Las diferencias raciales deben carecer de importancia para los zoólogos. Nosotros distinguimos los rasgos diferenciales que existen entre usted y Ling, porque gran parte del cerebro humano se dedica al análisis de unas distinciones extremadamente sutiles. Es posible que los zoólogos no las observen, y si lo hacen, no las deben considerar dignas de atención.
–Entonces, el método de selección debió de ser otro.
–Seguramente. Si eligieron a los humanos al azar, la mitad de nosotros seríamos amarillos O negros. Sólo puede conseguirse un grupo como el nuestro sirviéndose de algún sistema, pero sin tener en cuenta el color.
–Parece una contradicción.
–No necesariamente. Desde el principio se me ocurrió que el criterio podía ser la justicia.
–¿La justicia?
–Escuche, si usted decidiera condenar a cadena perpetua a unos cuantos seres humanos, tal vez se le ocurriera elegir a las personas que hubiesen demostrado menos piedad hacia el cautiverio o las vidas de otros animales.
–¡Mi abrigo!
–Sí, su abrigo de visón debió hacerla resaltar de entre la gente que paseaba por la calle. Los zoólogos la localizaron y en un abrir y cerrar de ojos la metieron en el aspirador .

Mary se estremeció, luego sonrió débilmente.

–Siempre me había parecido un abrigo bonito, caliente y lujoso. ¿Cree en realidad que fue el abrigo? Ahora sólo me sirve de almohada.
–Hay muchas cosas que corroboran esta tesis. Schmidt fabricaba conservas de carne. El padre de Giselda Horne se dedica al mismo negocio: llenar latas con carne de animales.

Mary estaba muy interesada y olvidó su propia desgracia al ir entreviendo la solución del rompecabezas.

–McClay criaba animales y Bailey, que era carnicero, los degollaba con sus propias manos.
–Y Hattie Foulds hacía pelear a los gallos.
–Pero, ¿qué hay de usted, de Ling y de Daghri?
–Olvídese de mí, puedo actuar de fiscal de mí mismo. Ling y Daghri son los que no concuerdan en esta teoría. Entre las poblaciones asiáticas no se come mucha carne, en realidad porque no tienen las cabezas de ganado suficientes para destinarlas al matadero. Por lo menos me pareció que el motivo de que sólo hayan escogido a dos asiáticos es éste, y quizá los hayan elegido por otras razones.
–¿Por qué a Ling?
–Verá, para ella, las personas no son mucho más que animales. No me cabe la menor duda de que Ling ha hecho azotar a mucha gente, quizá incluso por placer.
–¿Y Daghri?
–Daghri es la contradicción, el que desmiente toda esta teoría. Daghri es un hindú. El hinduismo es una religión complicada, pero una parte importante de ella es la prohibición de comer carne de animales.
–Tal vez Daghri no respete este aspecto de su religión.
–Es exactamente lo que yo he pensado. Le acusé de ello directamente, diciéndole que debía haber torturado de algún modo a animales o a personas, pero lo negó con la máxima dignidad.
–Es posible que mintiera.
–¿Por qué había de hacerlo?
–Quizá porque estaba avergonzado. Daghri se diferencia de nosotros en otro aspecto. ¿Le parece a usted normal que, entre nueve personas elegidas al azar, ninguna tenga una fe religiosa profunda?
–Tal vez no.
–Sin embargo, así es, salvo en el caso de Daghri.

Comprendí con exactitud lo que Mary sugería. Posiblemente la religión no era más que una farsa para él. Quizá el hindú era un embustero consumado.

Poco después; de esta conversación, Daghri desapareció. Al principio creí que se había retirado a su celda, quizá arrepentido. En una de mis carreras con Schmidt vi que todas las cajas estaban abiertas. Daghri no se hallaba en ninguna. Buscamos por todas partes, pero no le encontramos, aunque decir «por todas partes» es un tanto relativo, porque era imposible hallar un escondite en nuestro aséptico alojamiento. Sería mejor decir que le buscamos repetidamente en cada una de las celdas.

Daghri había desaparecido. La conclusión general fue que el pobre muchacho estaba en manos de los zoólogos, sufriendo algún «experimento». Al principio, compartí esta opinión, pero de pronto vislumbré el verdadero motivo. Corrí hacia la catedral; los demás me siguieron; ahora éramos sólo ocho. Estudié el mapa de estrellas de la pared. Últimamente nonos habíamos fijado en ellas, considerándolas un cuadro decorativo en vez de una fuente de información.

¡Qué estúpido había sido! Tenia que haber notado el ligero cambio de las estrellas respecto a sus formas originales. Debido al movimiento de la nave, las constelaciones se habían desplazado ligeramente, pero ahora volvían a estar en su sitio. Aparecieron de nuevo los planetas, los planetas de nuestro propio sistema solar. Vimos la imagen doble de la Tierra y la Luna. Ahora la luz del Sol reemplazaba a la luz artificial situada en la entrada de los pasillos; la diferencia era muy sutil.

–Nos devuelven a la Tierra –oí decir a alguien.

Yo sabía que no era cierto. Sólo habían devuelto a Daghri, suprimiendo la contradicción que representaba. Mi instinto no me había fallado; Daghri me había dicho la verdad. Daghri no había maltratado a ningún animal; él estaba salvado, pero no así el resto de nosotros. Los planetas volvieron a moverse sobre la pared, igual que antes. Nos alejábamos otra vez.

Los otros no podían creerlo al principio, después se negaron a admitirlo, pero finalmente, a medida que iban pasando las horas, no tuvieron más remedio que convencerse. La desmoralización cundió rápidamente. Giselda Horne se desesperó. Parecía fuerte y animosa, pero en realidad era una niña con aspecto de mujer. Pensé que quizá le convenía estar sola, y la acompañé a su celda. Ella se dejó llevar; Ling, que nos había seguido sigilosamente, se deslizó detrás de Gíselda Horne. Grité a Ling que saliera y dejara sola a la chica. Ling se volvió con una expresión de altiva indiferencia y en aquel momento, el tabique se cerró. Durante una fracción de segundo, vi cómo, en el rostro de Ling, la indiferencia se trocaba en expresión de triunfo.

Los demás se congregaron frente a la celda. No podíamos oír absolutamente nada, porque el tabique era de un material a prueba de ruido. La joven, china había juzgado la situación con toda exactitud. Giselda Horne estaba al borde de la demencia. Con palabras cortantes y sádicas y con la fuerza de su potente personalidad, Ling la obligaría a traspasar aquel límite.

El tabique se abrió. Horrorizado, miré hacia el interior de la celda y el horror se convirtió en hilaridad. La sangre corría por los arañazos del rostro de Giselda Horne. Por lo visto, Ling había luchado como una gata, tal como yo había temido. Giselda Horne lo había hecho de otro modo, propinando un buen puñetazo a Ling en la boca, que estaba hinchada y sangraba. Otro puñetazo había dejado amoratado el ojo izquierdo de Ling, que salió tambaleándose, mientras Giselda Horne nos miraba con una triunfante sonrisa.

–¡Qué bien! Ha sido magnífico –dijo la chica americana.

No volví a ver a Ling hasta dos días después. Conservaba todavía su aspecto reservado y altivo, pese a seguir con el ojo a la funerala más morado que yo viera en mi vida, y a haberse quedado casi sin vestido.

–La chica americana y yo compartiremos al australiano –me dijo Ling–. Es una lástima que usted no sea cinco años más joven –añadió.

Mary se tomó el asunto con gran calma.

–Ya me había adaptado a la situación; me refiero al cautiverio. Esto demuestra que los zoólogos tienen un cierto sentido de la justicia; han vuelto para devolver a Daghri a su hogar.

Ignoro por qué no pude decirle la verdad a Mary. Yo sabía que los zoólogos no se habían equivocado con Daghri. Había sido un experimento, llevado a cabo con toda lucidez, para ver cómo reaccionábamos. Era imposible que los zoólogos me hubiesen comprendido tan perfectamente a mí, y a la vez cometido tan craso error con Daghri. Sin él, ahora éramos ocho, cuatro parejas; como los animales en el Arca. Había otra cosa: éramos pocos. Una criatura tan irracional como el hombre hubiera podido elegir, por ejemplo, siete. Una criatura verdaderamente racional siempre elegiría un número par, el ocho.

Mary me tocó suavemente un brazo.

–Aún no me has dicho lo que hiciste tú.
–Mi pecado es el peor de todos. He sido un consumidor. Yo me comía los pobres animales que McClay criaba en su granja, que Bailey descuartizaba y que Schmidt metía en sus latas de conserva.
–¡Pero esto lo hacen millones de personas! Yo también, todo el mundo!
–Cierto, pero no saben lo que hacen. Yo sí lo sabía. Durante veinte años he sido consciente de ello, y sin embargo, he elegido el camino fácil. De vez en cuando hacía pequeñas concesiones, como comer más pescado y menos carne, pero nunca me enfrenté con el verdadero problema. Yo sabía lo que hacía.

Pasaron las semanas y los meses. Hacía ya algún tiempo que Mary y yo compartíamos la misma celda para dormir. No nos acometió la náusea, ni siquiera cuando ambos usábamos mi mochila como almohada. El mismo favor no fue concedido inmediatamente a los demás. Tal vez a mi sí porque había guardado estrictamente el secreto de lo poco que sabía sobre los zoólogos.

No obstante, llegó un día en que también a los otros les fue permitido el contacto físico. Supimos la fecha con exactitud, porque Bill Bailey hizo su aparición en la catedral luciendo sus calzoncillos rotos y hablando a gritos:

–Es un milagro increíble. Anoche lo conseguimos, bien y a gusto.

Entonces salió a grandes zancadas, con las rodillas sin doblar, como un boxeador que ejercita sus músculos. Volvió a la catedral y empezó a dar vueltas, tarareando:

–Huevos crudos, huevos crudos, madre mía. ¡Oh, qué daría yo por una fuente llena de huevos crudos!

Giselda Horne estaba presente.

–¿Qué significa esto? –preguntó con algo de timidez.
–Significa, querida niña, que sólo nos faltan nueve meses para llegar a nuestro destino –contesté yo.

Este relato fue hallado, en singulares circunstancias, muchísimos años después de que fuera escrito; de hecho, mucho tiempo después de que fuera imposible identificar el Meall Ghaordie, la montaña mencionada por el autor.

Habiendo aterrizado en un remoto sistema planetario, la tripulación de la V Misión Interestelar descubrió, con la consiguiente sorpresa, a unos seres que parecían una especie de humanoides. El lenguaje que hablaban era, completamente ininteligible en sus detalles, pero en un sentido general, su sonido se asemejaba notablemente a un arcaico lenguaje humano.

Aquellos seres llevaban una salvaje existencia nómada. Sin embargo, estaban imbuidos dé un sentido profundamente religioso, y su religión parecía basada en un «testamento», custodiado día y noche en una remota fortaleza. Allí, en un lejano valle entre montañas, aquellos seres se congregaban para sus más solemnes ceremonias religiosas. Gracias a un subterfugio de avanzada tecnología, se logró finalmente el acceso al «testamento». Este resultó ser la historia del «profesor», que hemos reproducido más arriba sin rectificaciones ni omisiones.

Fue escrita en un libro pequeño, de formato igual al de un diario de la antigüedad. Esto era lo que guardaban aquellas criaturas con tan celosa ferocidad, pese a que no comprendían una sola palabra de su contenido.

Es indudable que el manuscrito ha creado muchos más problemas de los que ha resuelto. ¿Qué significado puede atribuirse a las fantásticas referencias anatómicas? ¿Qué quiere decir «seguir los pasos de Munro»? Estas cuestiones siguen siendo el tema de apasionantes debates entre los sabios. ¿Quiénes eran los siniestros zoólogos? ¿Tal vez el profesor y sus compañeros resultaran demasiado difíciles de manejar, en un sentido biológico, naturalmente, y los zoólogos se vieron obligados a abandonarlos en el primer planeta deshabitado? Es lamentable que el «profesor» no continuase su historia. Sus materiales de escritura debieron. agotarse pronto, porque el relato que antecede llena casi todas las páginas de su diario.
El aspecto de aquellos seres fue lo que desorientó a los miembros de la expedición, haciéndoles creer que eran humanoides y no humanos. Presentaban una combinación única de cabellos violentamente rojos y ojos mongoloides, de un verde intenso. ¿Sucedió acaso que estas características fueron las dominantes entre la mezcla de genes del grupo del profesor, o tal vez la verdadera explicación fue más directa y elemental?


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